Romilandia (parte 1)

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Simplemente hay que verlo. La sonrisa, ésa que muchos le reclaman, se le escapa, se le va, la muestra a pleno. Y no lo puede evitar. Le pasa cuando se refiere a sus amigos, al barrio, a la pelota. De ese cóctel que, para él, es placer en estado puro. Durante el mano a mano con Olé hablará varias veces de su suerte. Y también dirá, una, dos, cuatro, diez veces, que es feliz. Pero esa sensación tan íntima nunca se hace tan pública como cuando habla de los picados en Don Torcuato. Ahí donde Juan Román Riquelme no es una estrella entre las estrellas mundiales. Ni el 10 de Boca. Ni la figura del más convocante del fútbol argentino. Ahí donde solamente es Román, sin vendas ni canilleras.

—¿Quién te gustaba ser cuando todavía no eras lo que sos, sino un pibe con sueños de fútbol?

—Yo tenía más o menos los mismos ídolos que todos. A mí me pasó algo extraño, que era mirar por tele al Manteca (Martínez), a Blas (Giunta), a Maradona, a Cani y después tuve la suerte de compartir vestuario con ellos. Eso no se olvida.

—Pero tu ídolo era…

—De chico te acordás de los que meten goles. Nombrás esos jugadores. Era normal ver a los chicos con el flequillo amarillo cuando Martín empezó a meterla. Y yo, como todos los hinchas, nombraba a Comas, a Graciani, al Manteca…

—¿Cuál era tu camiseta preferida, la que usabas?

—Gracias a Dios, tuve todas las camisetas de Boca. Cada vez que salía una nueva, tenía la suerte de que mi padre me la compraba. Y me ponía ésa, sí.

—¿Te pasó de tenerle bronca de pibe a algún jugador y después haberlo enfrentado?

—De ver los clásicos por tele me parecía que Hernán Díaz era especial. Y después tuve la suerte de que cuando Passarella me llevó a la Selección me hice muy amigo de él y de Astrada. Andaba con ellos y con Delgado. Ahí conocí al Chelo. Uno a veces se lleva impresiones por la tele que luego son distintas.

—¿Qué extrañás de esa época de la infancia?

—No sólo de chico. Cuando yo jugaba acá en Primera… En un momento, con Bianchi, él había decidido que algunos jugáramos los miércoles por la Copa, y los domingos, no. Entonces, como Carlos quería que igual fuéramos a la cancha, yo le decía: “Mire, Carlos, no puedo ir los domingos a la cancha, me tengo que quedar con mis amigos porque juego con ellos”.

—¿Y él qué te decía?

—Me pasó de dos o tres veces que tuve esguince de tobillo, porque yo jugaba sin vendas ni nada. Y las canchas eran comunes. Pero él me decía que el miércoles yo tenía que jugar igual. Aunque me doliera.

—Vos y él lo aceptaban.

—Sí. Yo a veces aparecía el lunes a entrenarme con el tobillo mal y él siempre comentaba lo mismo: “Yo ni te miro, el miércoles jugás igual”. Y sabía que debía estar sí o sí porque si no hasta mis compañeros me podían pegar. Tenían todo el derecho del mundo.

—¿El notaba que eso no lo podías evitar?

—No, a veces mis compañeros… Hoy en día todavía sigo jugando con mis amigos del barrio. Y cada vez que venía de vacaciones desde Europa me pasaba lo mismo. Por suerte tengo a mis amigos de siempre. Ahora jugamos más para divertirnos que otra cosa. Antes, en ese tiempo que jugaba los domingos, era por plata. Era un poquito más duro.

—Un refuerzo de lujo.

—Jugaba de delantero, pero me cuidaban. Tanto ellos como la gente de mi barrio. Había diez ó 12 equipos.

—¿Y vos eras uno más?

—Yo siempre fui Román para todo Don Torcuato. No se fijaban quién era. Estaba bueno porque sin darte cuenta te ibas enterando ese domingo de todos los partidos. Atrás había uno que gritaba el gol de San Lorenzo, otro el de Independiente, el de River… Se cargaban de un lado al otro. Y es lo que más se extraña.

—¿Y eso era posible por esa relación especial que tuviste con Bianchi?

—Sí, él me trataba de una manera muy especial.

—¿Cual fue el mejor consejo que te dio Bianchi?

—Con él tuve una relación diferente a todas. Le voy a estar agradecido siempre. Me trató bien, me soportó un montón de cosas y me exigió al máximo también.

—¿Siguen hablando?

—Con él sigo manteniendo una relación fuera de la cancha que no me pasó con ningún otro técnico. Es más un amigo que un entrenador. Con él puedo hablar de la vida, me da consejos, le pregunto lo que sea, como si fuese uno más de mi familia. No sé cómo explicarlo. Llegó a un punto en donde la relación se hizo tan fuerte que mirándome sabía lo que quería de mí.

—¿Por qué pensás que no le fue bien en Europa?

—Europa no tiene nada que ver con nosotros. La gente ve el partido del domingo por la tele y nada más. Acá un jugador de Sexta, de Quinta, de Cuarta, quiere jugar en Primera como sea, quiere llegar, sacarle el puesto al que está adelante. Todo para llevarle cosas a su familia. Allá no pasa. Un chico de 15 años vive bien, sin el hambre que tiene el futbolista de acá. Eso no lo ayudó a Carlos. A él le gusta trabajar mucho, sabemos que Santella es bueno y te exige al máximo. Y allá no están acostumbrados a trabajar de la misma manera. Son cosas que suman.

—¿Es más difícil entrarle al jugador europeo?

—No es sólo lo futbolístico, también incide la vida cotidiana de ellos. No tiene nada que ver con la nuestra. Allá los chicos están bien. En cambio acá los pibes se entrenan cinco horas al máximo, y si mañana tienen que hacerlo seis horas no tienen problemas. Todo porque quieren jugar en Primera. Necesitan jugar en Primera, porque quieren que su familia viva bien.

—¿Te gustaría que Bianchi te vuelva a dirigir?

—En este momento él es feliz así. Porque tiene a toda su familia en el país. Fue una ilusión que siempre tuvo y ahora lo está disfrutando al máximo. Dirigir va a dirigir cuando quiera. Y aunque no vuelva más, ya ha demostrado ser el mejor, por lejos. Les sacó una gran ventaja a todos.

—El fue el mejor técnico que conociste, ¿y él mejor jugador quién es?

—Tuve la suerte de haberme enfrentado a los mejores en la Champions League. Y disfrutás mucho. Pero soy un agradecido porque tuve la suerte de haber jugado al lado de Maradona y también pude ver de cerca a Zidane, quien para mí fue el más grande de los últimos diez años.

—¿Pudiste hablar con él?

—Afortunadamente, por el contrato con Adidas, siempre nos encontrábamos en algún evento. Lo mismo con Beckham, con Ballack, con Kaká. Pasarla bien con ellos fue algo lindo. Y el día que enfrenté a Zidane en la cancha del Madrid, en su último partido, tuve la suerte de que me pidiera cambiar la camiseta…

—¿Es el recuerdo mejor guardado?

—Me sorprendió muchísimo. Como era su último partido en la cancha del Real pensé que se iba a guardar esa camiseta. Era lo lógico. Lo habían sacado faltando tres o cuatro minutos y cuando terminó el partido me estaba esperando en la boca del túnel para cambiarme la remera. Tener en mi casa la última camiseta que usó en el Madrid es hermoso.

—Cuando te pasa algo así, ¿te sentís más reconocido afuera que acá?

—Mi forma de jugar no la pude cambiar nunca. Siempre jugué de la misma manera. Y soy feliz haciéndolo así. Tuve la suerte de haber disfrutado al máximo los años que jugué acá, todo me ha salido bien. Fueron muchos a los que les gustó cómo juego al fútbol y me han reconocido. Eso es lo importante. Lo demás…

—De repente, ahora tenés la chance de hablar más en la cancha, ¿eso lo notás?

—Cuando uno es joven no se da cuenta de que la carrera nuestra es corta. Y no lo valorás al mismo nivel que hoy. Eso nos pasa a Martín (Palermo) y a mí. Fuera de la cancha por ahí no tanto, pero dentro del campo tuve la suerte de que mis compañeros me han dejado hablar mucho. Sé que a veces por ahí me paso de la raya hablando y diciendo algunas cosas. Y después termina el partido y le tengo que ofrecer disculpa a alguno. Pero lo entienden porque saben que lo hago porque siento el fútbol así. Yo no quiero perder a nada y ellos me perdonan lo que sea.

—Antes decías que te sentías culpable cuando el equipo perdía, ¿ahora sigue siendo igual?

—Tengo claro que cada uno en la cancha tiene su obligación. Yo a Maidana no le puedo pedir que me meta un gol ni a Martín (Palermo) que se ponga a defender.

—Maidana hizo uno importante el otro día…

—Sí, y ojalá que lo haga cada partido, pero lo normal es que Martín haga tres o cuatro goles como lo viene haciendo y que Jony defienda como lo está haciendo. Cada uno tiene su trabajo. El mío es ayudar a mis compañeros a manejar la pelota lo mejor posible y atacar todo el tiempo que podamos. Cuando el equipo no lo consigue, yo siento que es mi culpa. Eso me sigue pasando. Y ojalá que me suceda hasta el día que deje de jugar al fútbol.

Diario Olé, 31/3/07

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